Señor muerto, esta tarde llegamos.

Mis estudios filológicos me hacen llegar a la conclusión de que una persona despierta puede aprender inglés, excepto pronunciar y deletrear, en 30 horas; francés en 30 días; y alemán en 30 años. Se hace entonces manifiesto que esta última lengua debe ser reparada. De permanecer así, pasará a formar parte del grupo de lenguas muertas, pues sólo los muertos tendrán tiempo para aprenderla.                     — Mark Twain.  

Que Gabriel García Márquez no es ninguna autoridad en el campo de la linguística admite poca discusión. Pero es la más glamurosa de las cabezas que abogan por una reparación, como decía Twain, para la lengua española. Márquez escribió hace unos años un artículo titulado “Botella al mar para el dios de las palabras“, en la que dice: “simplifiquemos la gramática antes de que la gramática nos simplifique a nosotros”. En su elenco de propuestas se incluye la supresión de los acentos gráficos y soluciones para la ge, la jota, la hache y las bes y uves: “no faltan cursis de salón que pronuncian la b y v de forma distinta”, aunque los españoles son los únicos que las pronuncian igual. “No pido suprimir”, dice Márquez, “sino humanizar las leyes de la gramática“. Se han formado incluso asociaciones que propugnan la erradicación de las tildes del idioma. La Academia, que por cierto también acoge en sus sillones alguna cabeza glamurosas  sin demasiada autoridad, no da la sensación de que vaya a pensar mucho sobre el tema.

Los defensores de la ortografía vigente argumentan que el español es el idioma de más fácil lectura y escritura. En cuanto a la escritura, que implica un conocimiento amplio de la gramática, se podría debatir largo y tendido: por ejemplo el español es el idioma que hace un uso más extensivo de las formas verbales; pero es cierto que el español es posiblemente la única lengua indoeuropea que no aporta más dificultades a su lectura que las de conocer las normas ortográficas. En otros idiomas que no disponen de un sistema de acentos gráficos, como el italiano o las lenguas eslavas, o que cambian la pronunciación respecto a la escritura, como el inglés o el francés, los extranjeros o nativos que desconozcan una palabra no tienen una certeza absoluta de cómo es su pronunciación a partir de su representación escrita. En Alemania no tienen ni siquiera una Academia de la Lengua. Esto sirve para que Günter Grass se lleve un dinerillo criticando en los periódicos cada vez que el Gobierno decide un cambio en la ortografía. Los ingleses tampoco, y es una pena, porque sería divertido ver cómo los americanos acatarían las nuevas normas dictadas desde la isla.

Hay una cosa que es bastante cierta: cambios ligeros en la gramática tardan muchos años en calar entre la población. Por eso todavía hay gente que piensa que las mayúsculas no deben acentuarse en español, como en Álvaro, a pesar de que esta norma cambió ya en tiempo de la dictadura de Franco; y hoy en día todo el mundo aplica aquello de “sólo se tiene que acentuar siempre que pueda ser sustituído por solamente”, a pesar de que es no es cierto, como también dejó de ser obligatorio acentuar los pronombres demostrativos: “tu coche es este”.

Aunque a mí me parece a García Márquez tiene parte de razón, su propuesta es una utopía: el lenguaje no se deja manipular en quirófano. Por eso otros intentos de hacer algo similar fracasaron.

5 comentarios en “Señor muerto, esta tarde llegamos.

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