Artistas

Sí, escribe en Libertad Digital, lo siento. Pero las columnas de Enrique Dans sobre tecnología son irresistibles.

Creo que por fin lo he entendido. Todo. De golpe, he entendido la esencia del arte, esa divina gracia, ese don que convierte en artista al que lo es. Entiendo esa magia, ese brillo en su mirada, ese placer intrínseco al hecho de ser artista. Hasta entiendo a Concha Velasco cuando canta “Mamá, quiero ser artista”. He recibido una revelación, un blanquísimo destello de luz que me ha hecho caer del caballo, y finalmente, he visto la verdad: los artistas no son personas. No son ciudadanos, no son como ustedes y como yo. Son otra cosa. Entes extraterrenos señalados por el dedo de la divina providencia, agraciados con la caricia de las musas, mucho más allá del bien y del mal.

Un sólo artista es mucho más que todos nosotros juntos, que todos los insignificantes lectores de esta insignificante columna en este insignificante periódico. ¿Cómo si no podría explicarse el tratamiento que los artistas reciben de nuestro amado y nunca bien ponderado Gobierno? Un artista tiene derechos inalienables que todo ministro que se precie entiende a la primera, derechos que no precisan discusión alguna. Quien no lo entienda, quien no lo vea, será porque pertenece a una casta inferior, un paria, un siervo de la gleba de esos a los que sólo en ocasiones, los artistas permiten, previo pago de una entrada, apiñarse en un lugar publico para poder llegar a sentir en sus humildes y sudorosas carnes un poco de la gracia divina que el artista exhala. Nadie, ni un ministro, osaría discutir los derechos de un artista: es un conjunto de prebendas emanado directamente de la Madre Naturaleza.

Un artista, por el sólo hecho de serlo, tiene derecho a vivir del trabajo de los demás. Que el bien que produce se venda o no, se consuma o no, se pague por él o no, no tiene la más mínima importancia. Cuando los productos de una empresa no tienen demanda y los clientes no pagan por ellos, la empresa quiebra. Pero si eres un artista, estás mucho más allá de la ley de la oferta y la demanda: tienes derecho a acudir al ministro de turno y conseguir que a partir de ese momento te dedique una porción del precio de cualquier aparato, objeto o artefacto que los ciudadanos pagan con el sudor de su frente, eso sí, convenientemente convertido a monedas de curso legal, porque lo contrario sería una guarrería. Poco importa que los bienes gravados sean importantes para el avance de la sociedad de la información: teléfonos móviles, CD-ROM, ¿por qué no ordenadores, ADSL o discos duros? ¿Qué importancia tiene el progreso de la sociedad de la información cuando lo comparamos con la perspectiva de un más que seguro futuro sin arte? Ante tamaña barbaridad inimaginable, todo lo demás se relativiza y palidece. Que quede claro: aquí todo vale si el artista, en su infinita gracia y sabiduría, lo solicita.

Los artistas, hasta el momento, han tenido a bien no solicitar que les entreguemos directamente una parte de nuestro salario cada vez que lo cobramos. Pero seguramente será el siguiente paso, porque gravar algo tan ubicuo como un teléfono móvil o un disco compacto no deja de ser equivalente a meter la mano en mi nómina, en mi cuenta o en mi bolsillo y detraer arbitrariamente una cantidad de dinero. Algo que, de no estar hablando de divinos artistas, sería calificable como robo. Pero no lo olvidemos: son artistas; existimos, vivimos, gozamos, nos enamoramos y sentimos gracias a ellos. Todo lo que nos ocurre, nos ocurre al ritmo de su música, en paralelo con el argumento de sus películas, siguiendo las estrofas de sus poemas. Nada sería lo mismo sin ellos. De ahí que las vanas protestas de los escasísimos desheredados sociales que protestan deban ser vistas como un fruto de la incultura, desagradecidos hijos de la ignorancia que nunca alcanzarán a sentir ni un ápice de la iluminación necesaria para entenderlo. Una caterva de desarrapados a los que jamás deberíamos dirigir la palabra, ni mucho menos permitir que llegasen a estar cerca de la presencia de un ministro. Después de todo, esos pobres mortales vociferantes y de mal gusto sólo tienen derecho a un voto cada uno, mientras que todos sabemos que los artistas, de nuevo por el mero hecho de serlo, tienen derecho a influenciar poderosamente el voto de miles, quizá millones de personas. Algo que los políticos, por alguna razón que escapa a mi débil intelecto, parecen tener en gran aprecio.

¿Que hay que pagar por los móviles? ¿Por los discos duros? ¿Por los CDs? ¿Por los huevos de gallina? Todo está justificado por poder acceder a un poco de su arte, a una millonésima parte de la impecable sonrisa que esbozan al saberse privilegiados. ¿Que después, al no haber métricas válidas porque nos lo descargamos todo de la mula, hay que aceptar que se repartan el dinero como Dios les dé a entender? Tampoco pasa nada: aceptaremos que ellos, que están más cerca del Olimpo y de sus musas, reciben inspiración divina para llevar a cabo el reparto con justicia.

Gracias, señor ministro, por haberme ayudado a entender lo humilde de mi naturaleza, lo bajo de mi condición de simple votante sin importancia cuyas ideas no deben ser escuchadas ni tenidas en cuenta. Gracias por ser uno de ellos, por sentirse igualmente tocado por la divina gracia, por iluminarme con sus decisiones. Pagaré encantado todos los cánones que usted me imponga, por absurdos y arbitrarios que sean y por insultante que resulte discutir, desde un punto de vista económico, la idoneidad de subvencionar lo que se pretende proteger. Y por supuesto, no lo dude ni por un momento: votaré el próximo marzo al partido que le puso a usted ahí para que pudiese tomar esas decisiones. Gracias por ayudarme a entender el significado de “ser un artista”: ser de una clase especial a la que el Estado otorga el privilegio de vivir de mi bolsillo. Gracias, señor ministro. Que nadie nos diga que no lo sabíamos: es usted un artista.

Enrique Dans.

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