Artículos

Una selección de artículos periodísticos que me han gustado:

Cortos de razones, largos de espada.
Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos. Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de Cierra, España; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo –lo de joven es importante–, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador –son tus palabras– para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»

Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que –eso no lo cuentas, pero se deduce– te enseñaron en el colegio. Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento. Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee gente, y así quizá evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas –si me permites una expresión clásica– la picha histórica hecha un lío.

Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de Cierra, España, ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española –en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa–, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada». Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis –extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro– protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra. Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos. Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, Cierra, España: voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros –eran tiempos duros– diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.

Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca –«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete– y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía.

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 19 de agosto de 2007

 

Rosa Montero
Trogloditas

Si hay algo tan malo como la intransigencia bruta y zafia de los manifestantes contra Bono, es la intransigencia chillona y purista de esos socialistas que quieren colgarlos del palo mayor. A ver si bajamos todos el inaguantable nivel de santa indignación, porque la santa indignación es precisamente todo menos santa; es una hipertrofia del sectarismo, de la intolerancia y la irracionalidad. La gente recurre a la santa indignación para avivar los bajos instintos de los demás justamente cuando se ha quedado sin razones.

Las algaradas son unos usos groseros y antidemocráticos, de la misma manera que comer con los dedos y sonarse con el mantel son usos groseros y anticivilizados. Hay que tener mucho cuidado con estas costumbres bárbaras, que pueden crecer como bolas de nieve y acabar llevándonos de regreso a la tribu troglodita.

Ya lo dije cuando las algaradas contra las sedes del PP: esto es peligroso. La burricie sólo trae más burricie. Y la necedad, condición siempre presente en el alma humana, aprovecha todos los resquicios para engordar. Decía Voltaire que la Historia nunca se repite, pero que el hombre, siempre. Y parece que los españoles estamos entrando nuevamente en uno de nuestros abundantes momentos de odio imbécil. Veo a mi alrededor, desde hace algún tiempo, una especie de enardecimiento de la intransigencia. Como si se hubiera corrido la consigna de “a la derecha, ni el pan ni la sal”, cuando el juego democrático consiste, precisamente, en que derechas e izquierdas compartan civilizadamente el pan y la sal de la vida pública.

El mayor logro de este país, en la transición, fue la creación de una derecha y una izquierda tolerantes y modernas. Y eso se consiguió gracias a que unos y otros arrinconaron a sus propios energúmenos. Ahora, sin embargo, el energumenismo está de moda, como si quisiéramos imitar a esos terroristas iraquíes que han declarado la guerra contra la democracia.

Claro que eso mismo es lo que llevan haciendo aquí los etarras desde hace años: asesinar a los demócratas que no piensan como ellos. Y qué curioso que sea justamente ahora, cuando los abertzales están intentando romper el juego social, cuando España entera está regresando hacia la intolerancia.

ERNESTO S. POMBO
El niño Alonso

LO QUE Fernando Alonso quiere es que a cada niño que en este país sueña con ser piloto el Estado le compre un kart y le haga un circuito. Aunque haya quien se muera de hambre. Lo que Alonso quiere es que a cada niño que aspira a ser jinete, el Estado le compre un caballo le levante un establo y le ponga una pista de obstáculos.

Todos, en algún momento de nuestras vidas, quisimos ser pilotos de fórmula 1 e incluso hacer submarinismo en el Adriático. Pero nuestros papás se encargaron de quitárnoslo de la cabeza, sólo con una mirada. Y ni se nos ocurrió pensar en el Estado. Entre otras cosas, porque sabíamos que nuestras extravagancias habíamos de subvencionarlas nosotros mismos. El Estado está para financiar las de otros.

Pero Alonso, no. Alonso cree que el Estado está para cumplir nuestros caprichos. Por eso, ahora que ha ganado el mundial de F-1 y que se empeta 2.000 millones al año de las desaparecidas pesetas, le reprocha al país el escaso apoyo que le ha dado. Y como prueba de su malestar no se le pone al teléfono al máximo representante del deporte español y anda por ahí diciendo que nadie le prestó ayuda.

Fernando Alonso va muy deprisa por la vida y eso se nota. De ahí que desconozca que hay miles de atletas, de piragüistas y ciclistas que entrenan en la nieve, se duchan en agua fría, no ganan ni un céntimo y tampoco el Estado les compra las camisetas. Como anda tan deprisa, Alonso cree que los sanatorios, las escuelas y las autopistas nos las traen las cigüeñas de París. Y que el Estado está para subvencionar los sueños de los niños. Eso le ocurre porque ha ganado un mundial, corre que se las pela y vive en la inopia. Corre tanto que no le queda ni tiempo para ser solidario, correcto y elegante. Quizás por todo eso le han dado el Príncipe de Asturias.

Matías Vallés
Léeme despacio, si te atreves

Al escribir este artículo ayer, tuve en cuenta inconscientemente la velocidad a la que tú lo estás leyendo hoy. Si este pacto tácito ha funcionado, tú aceptarás una discreta solvencia –dejemos la brillantez en manos de nuestros enemigos- en las siete líneas que has leído antes que ésta. Si te has apresurado por encima de lo que yo había calculado, lo anterior se te hará confuso, pretencioso, sin más comentario que “este imbécil nos e ha enterado de que escribe en un periódico”. En cambio, si me coges a contrapié y digieres lentamente este párrafo, lo encontrarás defectuoso por todo lo contrario. Primitivo, atropellado, falto de enjundia, repetitivo en su vocabulario. Estás, este y ésta entre las cincuentas primeras palabras, reiteración del pronominal tú. Qué mal escribimos cuando nos leen equivocadamente.Juego con la ventaja –llámalo veteranía- de que tú no vas a leer este artículo a menos velocidad de la que merece. Antes que concederme el honor de una demora, preferirías adjudicar a una erudición abstracta del autor el embrollo que causa tu rimo de lectura. Escribo rápido porque tú lees deprisa, y prefiero robarte un minuto de tu presente a reclamarte unos gramos de posteridad. Léeme más despacio si te atreves, y yo haré el esfuerzo de dedicarle más tiempo a la columna. De este modo, mejorarán simultáneament mi prosa y el placer que tú obtendrás en ella. Pero no pidamos imposibles, porque la mayor obra maestra de la pintura no nos dura más que unos segundos de contemplación. Es preferible que nos esforcemos por escribir y leer a toda máquina, cumpliendo dignamente con la sociedad de la aceleración.

Mi receta nunca ha sido la forma ni el asunto, sino la limitación de esta jaula rectangular, que tú estimas a ojo de buen cubero. El tamaño asequible de este rectángulo es más importante que cualquier otra consideración –y mira que me esforcé, para duplicar en la foto de aquí arriba la mueca de Marlon Brando en El rostro impenetrable-, a la hora de lograr que tú te zambullas en este artículo. Espero que sea a menudo, deprisa o despacio.

Antonio Muñoz Molina
Praga y Memphis en Mayo

En mayo del 68 Milos Forman estaba en París, a diferencia de tantos
encanecidos rebeldes españoles que recuerdan vivamente y con tanta
nostalgia las barricadas del Barrio Latino, pero en sus memorias los
célebres acontecimientos de entonces no ocupan más de dos o tres líneas
de pasada. Gracias al éxito internacional de Los amores de una rubia
había podido salir provisionalmente de la Checoslovaquia comunista,
descubriendo con gran asombro que sus colegas occidentales hacían
compatible el disfrute de la libertad de expresión y de todas las
ventajas de la sociedad de la abundancia con una simpatía extrema hacia
los regímenes de los que él y sus amigos aspiraban a toda costa a huir.
Forman viajó a París para escribir un guión junto a Jean Claude
Carrière: “Pero poco después”, escribe, “los estudiantes de la orilla
izquierda empezaron su revolución. Quemaron coches, pintaron consignas
políticas ingeniosas en las paredes, entablaron batallas contra la
policía…”. No dice nada más; ni siquiera cuenta que por esos mismos
días estuvo en el Festival de Cannes, y que allí pudo observar todavía
más de cerca el chocante fervor revolucionario de la elite intelectual
más mimada del mundo. Para él las banderas rojas, las hoces y los
martillos, la retórica marxista, eran símbolos de la siniestra opresión
política que padecía su país: aquella gente las esgrimía como símbolos
de rebelión. Más raro aún le parecía que cineastas, periodistas y
escritores, cuya forma de vida es la libertad de expresión, celebraran
regímenes en los que ésta no existía, y que viviendo declarándose tan
enemigos de toda autoridad y de toda ortodoxia esgrimieran retratos
nada menos que de Lenin y de Mao. En 1968, en China, la llamada
Revolución Cultural estaba alcanzando su siniestro apogeo de matanzas,
encarcelamientos, pavorosos lavados colectivos de cerebro: justo
entonces, en París, en medio de la presunta explosión de todas las
heterodoxias, Mao aparecía como el más cool de todos los libertadores. La imaginación al poder.

A Forman todo aquello le parecía demasiado absurdo como para
producirle siquiera enojo. Hace un par de años, en una conversación en
Nueva York con Elvira Lindo que publicó este periódico, lo recordaba
con cierto sarcasmo, con indulgencia hacia la ingenuidad o la simple
ignorancia de tantos de sus colegas de entonces. No cuesta nada
imaginar al Forman de 1968, ebrio de la libertad con que se había
encontrado al salir de su país, incrédulo y agradecido por los elogios
que le dedicaban maestros a los que había admirado desde muy joven en
su Praga lejana, asistiendo en Cannes a los delirios
marxistas-leninistas de Godard, observando aquellas sesiones de
palabrería melodramática y banderazos doctrinarios con la distancia
escéptica de quien ha sufrido de verdad y en propia carne los espantos
de la historia. Aquellos hijos de la comodidad burguesa y de las
libertades europeas jugaban alegremente a la revolución, y tenían ideas
tan desmedidas acerca de sí mismos que imaginaban que boicoteando el
Festival de Cannes estaban transformando el mundo. Para Forman, que
llegaba a Cannes todavía con el deslumbramiento de un provinciano, y
que dependía tanto del éxito de sus películas para eludir la opresión y
la censura de su país, que no hubiera festival ese año fue sobre todo
una decepción, y un contratiempo.
Alguien más observaba entonces
las cosas con una distancia que lo volvía un solitario. En Cannes, ese
año, François Truffaut consumó la ruptura con Godard, y tuvo la audacia
de decirle en una carta algo que inmediatamente lo convirtió en un
proscrito: que en las batallas campales entre policías y estudiantes se
sentía más cerca de los primeros, hijos de campesinos, que de los
sublevados, hijos de burgueses. Palabras semejantes escribió por
entonces Pier Paolo Pasolini. Godard acusó a Truffaut de haberse
convertido en esclavo del capitalismo, si bien no tuvo reparo en
incluir, en la misma carta, una petición de dinero, según él para
invertirlo en una película revolucionaria. Truffaut venía observando
que en su antiguo amigo las proclamas de solidaridad se correspondían
con una total indiferencia hacia los sufrimientos y las necesidades de
las personas reales. “Entre tu interés por las masas y tu propio
narcisismo”, le escribió, “no hay sitio para nada más ni nadie más”.

La historia de la amistad y de la ruptura, que tiene algo de larga
novela clásica, la cuenta Richard Brody en un artículo reciente de The New Yorker.
Si Milos Forman lo ha leído tal vez le habrán vuelto recuerdos
borrosos, y se le habrá hecho algo más claro su estupor de entonces.
Escuchando en la cinta su recia voz centroeuropea yo me acordé de
Tzvetan Todorov, que habla siempre en un tono afable, con un acento
mucho más cuidadoso que Milos Forman, y que también llegó a Francia en
los años sesenta desde otro país comunista, Bulgaria, más atrasado que
Checoslovaquia, mucho más aislado de la cultura europea. Todorov es una
de esas raras personas que le devuelven a la palabra “intelectual” un
sentido honorable. Hablar con él es una experiencia tan iluminadora
como leer sus libros. Él dice siempre que en aquel mayo hubo una mezcla
de dos actitudes incompatibles entre sí, un afán de libertad vital y
saludable irreverencia y un obtuso dogmatismo político.Como
Milos Forman, Todorov sabe de lo que habla. A diferencia de Godard y de
una parte muy considerable de la clase intelectual europea, también
sabe que a quien habla o escribe en público se le debe exigir una
cierta consistencia entre las ideas y los actos. Que se sepa, ni
Jean-Luc Godard ni Jean-Paul Sartre llevaron su maoísmo al extremo de
irse a vivir a una de aquellas comunas agrícolas chinas tan
frecuentadas entonces por profesores o intelectuales acusados del
delito de llevar gafas o de leer algún libro que no fuera el Libro Rojo
de Mao, ese modelo de libertad de pensamiento.A mí,
sinceramente, tanta conmemoración de Mayo del 68 me produce un
aburrimiento invencible. Ya me lo sé todo: lo de la imaginación al
poder, lo de ser realistas y pedir lo imposible, lo de los adoquines y
la arena de la playa, etcétera. Otros hechos coetáneos me importan
mucho más, y reciben mucha menos literatura. En la primavera de 1968 la
gente se sublevaba en Praga pidiendo libertades democráticas, no
fantasías totalitarias, y justo ese verano, cuando los estudiantes
revolucionarios de París disfrutaban de las vacaciones, carros de
combate soviéticos invadían Checoslovaquia y dejaban a Milos Forman sin
un país al que volver. No en mayo, sino en abril de 1968, Martin Luther
King viajaba a Memphis para apoyar una huelga de los trabajadores
municipales de la limpieza y era asesinado por un pistolero a sueldo.
En las últimas fotos de su vida se le ve serio y extenuado,
ensombrecido por la certeza de que lo iban a matar. Junto a él desfilan
trabajadores solemnes sosteniendo pancartas en las que hay un único
letrero que es un grito seco de rabia y deseo de justicia: “I am a
man”. “Soy un hombre”. Como sospechó siempre Milos Forman, en todo esto
del 68 había un gran malentendido. Era en Memphis y en Praga donde
estaba la revolución, no en París.

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